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Confesión de mamá Nº 10: cuando dejé de mirarme el ombligo, me convertí en madre.

Cuando no tenía ni marido, ni hijo, y era mantenida por mis papás, no eran muchas las cosas que me quitaban en sueño. Eso cambió cuando me puse a trabajar, cuando decidí casarme y cuando decidí ser madre.

Es difícil darse cuenta que, cuando una apenas puede con su vida, tiene que hacerse cargo de alguien más, que es completamente dependiente de ti. Y ese ser, aunque haya salido desde tus entrañas, cuando lo ves por primera vez, es un perfecto desconocido. Y que viene sin manual de usuario.

Con el tiempo una aprende a ‘leerlo’, a darse de cuenta si está bien o no, si le falta algo o si le sobra ropa, o si es hora de colgarlo a la pechuga o si se le quedó algún ‘chanchito’ que lo haga sentirse incómodo. Es en ese tiempo, cuando uno empieza a ser consciente de la palabra postergar: una madre se posterga en pos de su bebé. Posterga horas de sueño, posterga panoramas, posterga la sexualidad, posterga arreglarse. Y sigue postergándose.

No digo que sea una condición sine qua non de la maternidad, pero sí un comportamiento que viene casi seteado al momento de parir. Para mí va más allá de eso. Significa, simplemente, ceder la importancia que tenía mi persona a otra persona que lo merece más. Y en mi caso, a Renato. No significa que uno deje de ser importante, sino al contrario: soy importantísima, pero para alguien más que yo.

Y por eso la analogía del ombligo. Mi ombligo fue fuente de vida, es lo que me identifica y cuando lo miro, agacho la cabeza sin ver nada más que mi abdomen, sin ver nada más que mi persona. Esto es lo que cambia con la maternidad, porque ahora, siendo madre, debo velar por el ombligo de alguien más, y esa será la marca que nos atará de por vida, porque sólo cuando cortaron ese cordón que unió a Renato, en mi vientre, por 38 semanas y seis días, dejé de mirar el mío. Y me convertí en madre.

De un momento a otro todo lo que hacemos como madres, desde la decisión más básica, repercute en los hijos. Y es en ese momento donde empieza el cuestionamiento sobre qué es lo que realmente quiere una como madre para darle a ellos. Empieza también la culpa y la más fuerte, para quienes trabajamos remuneradamente, es sobre la vuelta al trabajo y el stress asociado a buscar alguien de confianza que cuide a los hijos o encontrar una sala-cuna adecuada que cumpla con los estándares que una como madre tiene, que siempre son bastante altos. Y una en su escritorio, cuando el posnatal llega a su fin, se pregunta y divaga todo el día, en un trabajo que ya no la motiva como antes, sobre si ese es el lugar en el que se quiere estar. ¿Vale tanto la pena estar 39 horas semanales lejos de tu bebé, o 44 si es que se te acaba la hora de lactancia y eres funcionaria pública, por un trabajo? Y en ese momento me hace tanto sentido cuando muchas mujeres renuncian, sin deber hacerlo, debido a la presión de un trabajo en el cual muchas veces deja de ser lo que era antes de un embarazo. O el concepto de mamá emprendedora, a quienes aplaudo de pie por saber reinventarse y crear, con y por sus hijos, los más lindos emprendimientos. Y eso, es la prueba viva de que una dejó de mirarse el ombligo.

El camino de la maternidad es largo y pedregoso. Yo hoy cumplo dos años de ese largo andar, en el cual a veces me dan ganas de retroceder, de buscar un atajo, de caerme a un acantilado, de volver el tiempo atrás, de volver a preguntarme tantas veces el “¿Qué hubiese pasado si…?”.

Y pese a todo lo de agraz que tiene, que a veces es más que lo de dulce, mi vida hace dos años, 38 semanas y seis días no tenía la razón de ser que tiene ahora, razón por la cual camino enamorada, embobada, sin importar los besos chupeteados, los pañales con caca, la comida salpicada en el suelo recién limpio, ni llenarme de tierra en la plaza.

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