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Confesión de mamá Nº 12: de una mamá trabajadora a otra

Poniendo en la balanza la maternidad y el trabajo

Cuando una es mujer y trabaja, siempre escucha el comentario, desubicado a veces, de que “trabajar con minas es un cacho” y yo creo que somos nosotras mismas las que hemos facilitado y permitido que eso ocurra. Si esto lo enfocamos a la maternidad, cobra más sentido todavía, porque es ahí cuando en más mujeres nos convertimos.

Si a alguna de ustedes, en una entrevista de trabajo, le peguntaron si tenía planes a corto plazo de ser madre, no se sienta mal, pasa más de lo que uno cree. A una amiga mía incluso le pidieron una muestra de orina para ver si consumía drogas, aunque a mí no me sacan de la cabeza que, de pasadita, aprovecharían de ver si estaba embarazada.

Sea como fuere, ya entrar al mundo laboral siendo mujer es más complejo que siendo hombre. Imaginen trabajar estando embarazada, sabiendo que estarás afuera muchos meses, en los cuales no sabes qué pasará. Y es en esta parte donde nosotras echamos a perder todo. Yo hablo por mí cuando digo que guardé mis vacaciones, que coincidieron con mi prenatal, para poder ampliar tres semanas mi postnatal, de esa manera pude alcanzar a incluir alimentos en la dieta de mi hijo, para que así pudiera recibir sus primeras comidas en la sala cuna. Ni un día más, ni un día menos. Doy gracias porque no tuve que estar más tiempo cuidando a un hijo con algún problema de salud ya que por fortuna el Rena es muy sano, salvo sus mocos de lunes a domingo.

Sé que es terrible tener que dejar “abandonado” un hijo a su suerte, porque así se siente una, entre las hormonas y la culpa, pero creo, insisto que hablo solo por mí, que es peor enfermarlo, sabiendo que no lo está, para quedarse en casa más tiempo. Porque eso, es una burla para aquellas madres que sí tienen hijos enfermos y una burla a las mismas mujeres que son miradas en menos en sus trabajos cuando saben que están embarazadas, porque ya les ha tocado la “mina con el crío ‘enfermo’ hasta los dos años”, justo cuando se acaba la hora de lactancia y el derecho a sala cuna. De más está decir que no todos los lugares en los cuales trabajan las mujeres son así de lapidarios. Yo no tengo nada que decir de mi jefatura cuando tuve a mi hijo, algo evidente en un padre de mujeres y abuelo.

Este post va dirigido a todas las mujeres madres que lo pasaron mal en su trabajo, como yo también alguna vez lo pasé, y es en ese momento en el que uno debe tomar decisiones no solo pensando en el propio bienestar, sino en el de la familia. Y si bien, el dinero importa, créanme que la felicidad de la madre, de la esposa, de la dueña de casa,  IMPORTA MUCHO MÁS.

Es bien difícil compatibilizar el trabajo, la casa, los niños y el marido y todo lo que esto trae por añadidura y muchas veces a una le toca jugar de malabarista en este circo. Y no siempre es simpático.

Yo me saco el sombrero por aquellas mujeres que se dedican fulltime a la maternidad, yo no podría. Y no porque no quiera a mi hijo, sino también porque estudié bastante para tener mi profesión, la que me gusta. Por lo mismo opté, porque de eso se trata la maternidad en estricto rigor: en tomar opciones. Yo opté por no hacer mi tesis de magíster que coincidió con mi postnatal. ¿Me arrepiento? Poco, cosa muy rara, pero tengo la vida para estudiar, mas no esos seis meses que dediqué a mi retoño por completo.

Y seguí optando más tarde. Pedí reducir mi jornada de trabajo, cosa que no pudo darse, así que le saqué el jugo a mi hora de lactancia, mientras durara.

A nivel laboral, intelectualmente hablando, no estaba contenta hace rato, por lo que estaba nerviosa, estaba intranquila. A eso se le sumaba que el Rena pronto cumpliría dos años, lo que era un tremendo cambio para mí: se acababa el beneficio del pago de la sala cuna y se ponía fin a la hora de lactancia. Y no sé si llevar al pepi al jardín de 07.30 am a 18.30 pm era lo  que realmente andaba buscando en mi vida. Verlo menos de dos horas diarias me angustiaba enormemente, ya que implicaba un giro importante en lo que llevábamos haciendo por espacio de dos años: no habría más plaza, no más juntas de amigos, porque andaría corriendo, desde las 7 am hasta acostarlo. Y opté. Pedí todas mis vacaciones en febrero y pensé y repensé mi futuro. Funcionara o no un proyecto que tenía, la decisión estaba tomada. Así fui como  dije a mi jefe que a partir del 1º de marzo presentaba mi renuncia, después de casi 7 años en el mismo lugar. Y fui feliz, inciertamente feliz en un comienzo sin tiempo de digerir nada, porque el proyecto en el que tenía posibilidad, funcionó, con fecha 1º de marzo, con 22 horas semanales y harta plata menos.

Por eso les digo que la plata muchas veces viene y va. Yo ahora tengo la posibilidad de continuar con mis tiempos de antes, incluso mejorarlos, poder dedicarle tiempo a mamidatos, a lo que le tengo harta fe y vivir más estrecha en lucas, pero SE PUEDE.

Si está en una situación similar, ojalá le sirva este testimonio, que es de primera fuente. A mí no me lo contaron, yo lo viví.

Es cierto, una mujer que se convierte en madre cambia sus prioridades. Es obvio, alguien más depende de ella. Para bien o para mal, no pasa con los humanos lo que pasa en la selva, donde el ciervo recién nacido se para y camina de inmediato, sino, se lo comen, así es la ley del más fuerte. El caso de nuestros hijos no es así, es un ser indefenso que depende para todo, a diferencia de los animales. Y eso hace necesario que nos dediquemos a ellos por entero, aunque haya gente, que siendo hijos, y muchas veces padres, no lo quieran entender.

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  1. Mayo 3, 2017

    So true….
    Hace falta una tribu para criar un hijo.
    Me dejaste pensando y cruzando los dedos.

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