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Confesión de mamá Nº 9: lactancia materna v/s leche de tarro

Cuando decidí ser madre, pensé que la lactancia iba a ser algo tan natural como mi mamá me contaba. Cuando ella me tuvo, la leche se le caía por chorros.

Antes de que naciera Renato, yo creí que la historia se repetiría. Mi comadre, y mejor amiga, me prestó su sacaleches, que estaba nuevo. Era eléctrico y servía para bombear ambas pechugas al mismo tiempo, con sostén incluido, lo que permitía que pudiera lavar la loza, mientras el “oro blanco” iba llenado rápidamente las botellas para empezar las primeras donaciones a mi banco de leche personal. Esa era la idea. Otra cosa era con guitarra.

Cuando nació el Rena no hubo problemas, fue todo normal, dentro de lo esperable en una cesárea. Luego, me fui a recuperación, porque estaba recién operada y cuando me llevaron a la pieza, con el bebé, la matrona me dijo que lo pusiera en la pechuga para amamantarlo. Le hice caso y ahí partió el calvario de esta madre primeriza.

Si bien soy muy tolerante al dolor, tener pezones que sangraran, recién parida, no fue para nada un situación grata. Pero no había más y seguimos probando. Al segundo día la matrona volvió a revisarme y me dijo que sí había calostro, que siguiera y me dejó una luz infrarroja para usar si me dolían las pechugas. La miré y le dije que no era necesario. Y sí lo fue.

Eran las 23.00 del segundo día de mi puerperio y yo estaba ahí, en la clínica, con pijama desde la cintura hacia abajo, con las pechugas agrietadas y sangrantes; sentada al borde de la cama, con un foco enorme en cada pechuga, 15 minutos por lado. Así partió mi lactancia.

Cuatro días después, nos fuimos de alta. Las palabras alentadoras del pediatra fueron estas: “dale gracias a tu guagua que subió diez gramos el último día, sino, se iba para la casa con relleno”. Sí, relleno, esa palabra de doble significado que para unas significa la salvación y para otras, lo peor de lo peor.

Ya en casa, la cosa fue un tanto terrible. El rena lloraba y lloraba y yo llamaba a mi tía pediatra y le preguntaba si eran cólicos o no. Como se agitaba fuertemente yo creí que sí, porque también movía sus piernas, como si tuviera retorcijones. Le dieron gotas.

Esa semana que estuvimos en casa, supe lo agotador que era estar con un niño pegado a la pechuga hasta para ir al baño. No había caso que dejara de llorar.

Cuando me fui de alta, en la clínica me dejaron lista la hora para el primer control pediátrico, el de los diez días. Si bien yo tenía ya mi pediatra, que me atendería al día siguiente, fui al que me dejaron anotado, no perdía nada. Mi sorpresa fue mayor cuando me dijo “mamita, está bien flaca su guagua”. Efectivamente mi hijo no había recuperado nada del peso perdido en la clínica, y peor aún, seguía bajando. Yo, primeriza y hormonal, lloraba como monito animado, al tiempo que él escribía las indicaciones a seguir en casa: relleno y pechuga cada 4 horas. Era tiempo de darle la bienvenida a la lactancia mixta.

Llamé rápidamente, entre sollozos, a mi tía y le conté mi drama. Me sugirió cambiar la leche que me había dejado su colega, por una hipoalergénica, considerando la genética de la madre. El modus operandi fue pechuga, 15 minutos por lado, y luego mamadera, 60 ml. Así estuvimos cerca de dos meses, cada cuatro horas, todos los días de la semana.

Los cambios fueron inmediatos, el Rena durmió una noche casi completa. Pensar que lloró una semana de hambre. Con su mamadera, era un niño feliz, y la mamá podía ducharse y hacer pipí sin el bebé colgando.

En el intento fallido de mi lactancia materna tomé sulpilan que estimula la producción de leche. Tomé agua de avena, tomaba mate por litros. Me ponía al Rena a la pechuga para que estimulara en algo su producción, y nada. Para ese momento no estaba en conocimiento de las asesoras de lactancia, por tanto, no hubo. Tampoco fue algo que publiqué a viva voz, no por vergüenza, sino que por cuidarme un poco, ya que la sociedad es bastante lapidaria con la lactancia: te crucifican si no das pecho y te martirizan si lo haces en público. No hay punto medio.

Cuando mi hijo tenía cerca de dos meses y medio, vi los beneficios que hizo en él la mal entendida “leche de tarro”. Estaba más gordito, había recuperado su cara redondita de cuando nació, estaba más contento, dormía mejor. En ese momento comenzó el conflicto con la pechuga, porque yo cada vez tenía menos leche y él se había acostumbrado a que en su mamadera saliera leche inmediatamente, cosa que evidentemente no ocurría en mis pechugas. Lo que pasó fue una reacción adversa a mi pechuga y empezó a preferir la mamadera. Cada vez que le daba la escasa leche materna que quedaba, lloraba con esa fuerza interior que todavía tiene, y no succionaba nada. Y no quiso nunca más.

La pediatra me dijo que no lo forzara, porque podía generar otro problema. Que tenía que darle tiempo. Encontré muy acertada la respuesta y le ofrecí en cada toma, sino recibía, no lo forzaba.

Antes de los tres meses, el rena era completamente un niño de tarro.

Sé que la leche materna tiene cosas que un tarro nunca podrá tener, pero he hecho mi mea culpa y me he sacado los estigmas de ser una mamá que cría, desde los diez días, a su más preciado tesoro, con leche artificial.

Quiero dejar en claro que no defiendo ni un sistema ni el otro, sino que cuento mi experiencia, la cual fue como fue: no por elección, sino que por las circunstancias.

Algunas de las conclusiones fueron éstas:

Primero que todo, el tema manoseado del apego. Tomar teta no te hace forjarlo más que dando mamadera. Al contrario, forjo el apego del bebé con su padre, quien puede disfrutar de su hijo en ese momento.

Segundo, mi hijo, reitero, niño de tarro, que además va al jardín desde los seis meses, expuesto a enfermedades de otros bebés, es muy sano. Se ha enfermado muy poco. A sus casi dos años, nunca ha tomado corticoides y tampoco antibióticos. Tiene muy buena salud, mejor incluso que de niños con lactancia materna exclusiva.

Tercero, al ser la alimentación artificial algo medido, no puede ser a libre demanda como la lactancia materna, por tanto, eso me permitió que Renato fuera muy ordenado en sus horarios de alimentación, lo que facilitó hacer su horario para dormir, que hasta hoy funciona a la perfección. También contribuyó a que dejara su mamadera de la noche y que cene solamente y al día siguiente se tome su leche de desayuno.

Cuarto, la economía familiar se resiente, ya que la leche en tarro no es económica. Esa desventaja no tiene por donde competir con la LME, que permite amamantar en cualquier hora, lugar, sin necesitar nada más que la pechuga y, obvio, al bebé.

Que cada madre sea libre de alimentar a su bebé como quiera, siempre y cuando no critique a las demás porque no lo hacen como ellas lo hacen. Sí, la pechuga es excelente como alimento, pero la leche en tarro no es mala y en muchos casos es la única alternativa para que los bebés no sigan bajando de peso, como me pasó a mí.

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  1. Daniela Rakela
    Enero 25, 2017

    Amiga… me suena conocida tu historia… yo fui “peor madre” solo le pude dar leche materna un mes, 1era semana se adelgazo y lloraba todo el día, 2da semana relleno y pechuga, 3ra semana relleno y guagua empezando a odiar la pechuga donde salía leche, pero al parecer “light”, 4ta semana mamá con mastitis 4 días con fiebre de 40°, lactando igual y con un dolor insuperable.. guagua llorando por no poder sacar leche con lo inflamada que tenía la pechuga y mamá llorando porque los pezones ya no existían y la pechuga parecía un globo rojo gigante. Resultado final leche en tarro con guagua feliz, durmiendo toda la noche y mamá feliz sin dolor, descansada y con mucho ánimo para poder jugar con mi güagüito durante el día.
    Espero que sea un niño sano y que la falta de lactancia materna no le afecte como hasta el día de hoy.
    Lo regaloneo todos los días, lo amo con mi vida y es un niño feliz y risueño.
    Creo que cuando no se puede, no se puede no más y hay q perseguir la felicidad, si eso incluye una mamadera y leche en tarro que así sea, si es a través de un pecho lleno de leche y con pezones que sirvan de chupete bkn!. La vida no es como en los libros ni se rige por manuales.

  2. Carla
    Enero 25, 2017

    Me sentí super identificada con tu historia, alcance a dar leche materna sólo 1 mes y al igual que tu intenté toooooodo sulpilan, sacaleche normal, sacaleche eléctrico, al final del primer mes de vida de mi hija casi no teníamos apego por culpa de la lactancia por que como yo lo estaba pasando taaan mal llegaba el punto en que mi hija lloraba por leche y yo lloraba con ella. Empecé con mastitis y en ese momento mi marido me dice “amor por que no le damos relleno a la niña? No dejaras de ser la mejor mamá del mundo por no dar pechuga y si la gente habla que se vaya a la punta del cerro.” Lloré, lloré y lloré por que todo el mundo asocia maternidad con lactancia materna y te apuntan con el dedo cuando das relleno pero al final fue lo mejor para nosotros

  3. Dana FC
    Enero 25, 2017

    Fome que todo pero todo partió por mal acople y horarios. La historia habría sido otra si antes del alta te hubieran ayudado con eso. Nadie te juzga a ti, pero permíteme decir que tuviste cero apoyo. La culpa no es tuya, es de toda la cadena de profesionales de la salud que te atendió (con todo respeto para la tía también, porque uno cree que los pediatras saben de lactancia pero la verdad es que si no te dijo nada de que la lactancia no puede tener horario ni duración definida, es porque tampoco se ha informado correctamente)

  4. Katty
    Mayo 1, 2017

    Me siento tan identificada, yo soy matrona, asi que era obvio que tenia que tener lactancia materna exclusiva, pero no hubo caso, mi bebe bajaba y bajaba de peso, yo con los miedos tipicos de la leche de tarro, que le dieran colicos, que se pusiera estitico, me daba miedo, pero nada que hacer. Gracias a dios anduvo super bien y es un niño sano y ordenado en sus horarios y para dormir a sus actuales 5 meses. Aun siento criticas en mi, pero ya no les hago caso, mientras mi bebe este bien, yo feliz.

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