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Confesión de mamá Nº8: supe que estaba embarazada y perdí la privacidad, el pudor y la dignidad con ello

Bien es sabido por nuestras congéneres que ser mujer no es nada fácil. Que a veces creemos que la vida es injusta porque a los hombres les pasa bien poco y se quejan de llenos igual. Nosotras menstruamos, nos salen pechugas, debemos depilarnos las piernas (las menos afortunadas bigotes, cejas, o todo trozo de piel que tenga folículos pilosos), debemos ir al ginecólogo, hacernos la mamografía anual, el chequeo de nuestras “partes pudendas”  con el PAP incluido. Y ellos reclaman por el examen de la próstata después de los 40. La vida es tan injusta.

Y se pone peor, especialmente cuando una recibe la noticia de que está embarazada. Es en ese mismo momento donde nosotras, las futuras madres, entregamos nuestro cuerpo a la ciencia y en el amplio sentido de la palabra, cuando la palabra pudor deja de existir sin siquiera consultarnos.

Como mi embarazo estaba más que programado, apenas se atrasó la regla unos días, partí a comprar un test para saber si daba positivo o no. Era tan reciente el hecho de estar embarazada,  que el test se marcó casi nada la segunda línea. Así que me fui a hacer el infalible examen de sangre que arrojó un pepito incipiente durmiendo en su marsupio.

Ya asegurada la descendencia partimos al ginecólogo para la revisión de rigor. ¿Les suena familiar las palabras ecografía transvaginal? Cuando veo a mi doctor abriendo un preservativo para ponerlo en ese aparato que introducía para ver el huevito, me di cuenta que no había retroceso en esta aventura mezclada de falta de privacidad y dignidad. Y una sentada ahí, pilucha de la cintura hacia abajo, con el marido al lado, solo con ganas de ponerse lo calzones y arrancar lejos. Menos mal que esa eco especial era la primera y la última de ese tipo durante el embarazo.  Habíamos partido este bello proceso perdiendo la dignidad. Ya estaba pavimentado el camino para todo lo demás. Con esa bienvenida ¿Qué menos podíamos esperar? Estaba casi dispuesta a todo.

Otra cosa que perdí en el embarazo, por lo menos el primer trimestre, fue el control del cuerpo y, con ello, la decencia. Vomité como si el mundo se fuera a acabar mañana. No podía comer y oler casi nada. Lo peor, fue que solo conté  lo del embarazo cuando cumplí 12 semanas, tal vez por ese miedo que le meten a una en la cabeza de que cuando se es primeriza, a lo mejor el huevito no se afirma. Y así, vomitaba escondida.

Pasaban los días, las semanas y los meses y  la guatita comenzaba a asomarse. La cara de cadáver digna de película de terror se iba de a poco, para dar paso a una linda temporada de acidez que me tuvo con la comida a la altura del cuello hasta entrado el tercer trimestre. Luego, al tener el estómago más calmado, pero cerca de la garganta, las ganas de hacer pipí rompían todo el protocolo, porque tenía que hacer ganas a cada rato, en cualquier lugar. Daba lo mismo si era una once con las amigas, una reunión importante, la visita del Presidente de Estados Unidos, ir a la feria. Simplemente había que ir. Lo amoroso de esto, si es que tiene algo de amoroso, es que la gente ponía cara de tierna, porque como que asocian que estar embarazada implica ser meona. Y así es. Aunque de tierno tenga poco.

Casi pronta a parir pensé que mi dignidad, el pudor y la privacidad volverían. Pero no fue así. Ésta última aún no se había violado, pero las otras dos vendrían a coronarse  unos días antes, durante y después del parto.

Mi parto fue programado por lo que tuve que ir al control de rigor una semana antes para ver el estado del Pepi. Y me llevé una sorpresa inesperada: un tacto para ver si la guagua se había encajado. Todavía se me eriza la nuca, porque me dolió HARTO. Y eso que yo aguanto bastante. El asunto era que en Rena, como no se había encajado, estaba muy arriba y el doctor tuvo que ir a buscarlo y, entre búsqueda y búsqueda yo me enterraba cada vez más en la silla. Es que a mi juicio el Pepi no tenía para cuando salir.

El 23 de febrero bien temprano llegué a hospitalizarme, donde me hicieron todo el chequeo y las preguntas de rigor. Pero en el cuestionario de preguntas de rigor que yo tenía no aparecía la “¿quiere que le mande a alguien para que la rasure o viene listita?”. Es como cuando donas sangre por primera vez, cuando falta poco para que te pregunte si estuviste en la selva ecuatoriana y tuviste sexo con un mono chascón y autóctono. Como estaba preparada, le contesté con el mismo tono: “no se preocupe, vengo listita”, lo cual, para mí, merecía un premio, porque sacarse los pelos con una guata que no te deja ni abrocharte los zapatos, es una proeza digna de un libro épico.

Ya “listita” me anestesiaron y me dejaron en una camilla, ahí, con el poto al aire y el pabellón bien concurrido. Me presentaron al arsenalero, que era un encanto, al otro ginecólogo que ayudaría al mío. También llegó la matrona y parecía reunión de amigos, porque todos se conocían, menos yo, que era la única que estaba con el poto al aire. Total, qué más daba, si ya tenía las piernas dormidas y si me hacía pipí, daría un poco lo mismo, porque ya no había pudor, privacidad, y para qué decir dignidad.

Y nació el pepi, a las 13.02. La cosa se ponía buena ahora. Recién parida, en recuperación de la cesárea y la mitad del cuerpo dormido, llegó a verme una matrona diferente, que sin conocerme, ni pedir permiso, me aprieta el vientre, con lo que sentí un dolor terrible. Me explicó que era para “botar” todo lo que se expulsa naturalmente con el parto vaginal. Qué dolor más grande y que vergüenza terrible, porque me desangré a tal nivel, que mi mamá tuvo que comprarme una faja nueva y recién llegada a la pieza tuvieron que cambiarme las sábanas. Yo solo pedía disculpas desde mi catre clínico, con sonda sin querer usarla y sin guagua.

El paso siguiente era dar pechuga ¿Qué mejor forma de saber si tienes calostro que la matrona te exprima, literalmente, un pezón? ¿Por qué cosas como éstas no te las dice nadie para prepararte? Algo había, que no duró mucho, porque el Rena bajaba todos los días un poco de peso, y si bien, eso es normal, de suerte no lo dieron de alta con relleno. ¿Para ustedes fue placentera la lactancia? Porque para mí no lo fue. Recién parida y operada, con las pechugas agrietadas y sangrando, nada parecía cómodo: ni ir al baño, ni que te fueran a revisar entera, lidiar con un bebé, que por muy tuyo que sea, fue en un primer momento un extraño, los cambios hormonales, etc. La maternidad estaba lejos de ser ese cuento de hadas que siempre creíste. Hasta que lo vives en carne propia.

Después de todo esto que vives, te toca ir a casa, sin enfermeras ni pediatra a pedir de boca, sola en tu pieza casi todo el tiempo, sin saber qué hacer. Por eso siempre agradezco la ayuda de mi mamá en esos momentos cruciales.

Ya instalada, con ese niñito nuevo, una se siente como pollo en corral ajeno en su propio lugar. Esta guagua no paraba de llorar y yo le metía y le metía la pechuga, rota, agrietada y sangrante. Es que el Rena lloró una semana de hambre. Tenía que ir hasta al baño con el Pepi, hacía pipí con el crió enchufado en la pechuga y nada lo callaba. Lo pasé pésimo, porque no sabía qué más hacer. Leche había, pero no lo suficiente creo yo. Y lo veo hoy, casi dos años después. Porque nunca tuve una pechuga congestionada, nunca dura, jamás vi un chorro de leche. Creo, ahora, que no fui compatible con la lactancia, pese a tomar medicamentos naturales, todo los secretos que me dieron, hasta el famoso sulpilan. El Pepi fue un niño de tarro, como siempre lo llamo.

En esta fase de conocernos con el pepi, el pudor y la dignidad estaban presentes, no tenía que andar paseando y sacando la pechuga cada dos o tres horas, por lo que no fue tan terrible, porque solo tenía que lavar, lavar y lavar mamaderas.

Hoy, que mi hijo es más grande el pudor, la privacidad y la dignidad ni siquiera son temas. Es tan regalón mío, que le perturba que cierre la puerta mientras hago pipí. Y ahí lo tengo, entre mis piernas; yo, sentada en mi trono; él, admirando. No sé que tanto se puede admirar en una situación como esa. Debe ser por eso que este amor es del tipo más puro y genuino.

Ahora, que sabe que la mamá está haciendo pipí, corta un trozo de papel y me lo pasa, para que lo use y después para que tire la cadena, momento en que mueve su mano, despidiéndose de lo que se lleva en WC.

Bañarme también es con público ahora. No sé que es menos malo, si escuchar al niño llorar porque le cierro la puerta, o cambiarlo de ropa porque queda todo mojado.

Sea como fuere, como madre, por lo menos en mi caso, el pasearse con toalla, o desnuda, frente a los hijos no es un tema que revista análisis, porque es parte de la vida. El pudor pasa a segundo plano, porque sentirse observada con esa curiosidad infantil, es gracioso.

Ahora, estoy a la espera de que me pregunte por lo que él y su papá tienen, pero yo no. Faltará un tiempo todavía, pero el largo y camino para seguir pavimentado la falta de pudor, de dignidad y privacidad RECIÉN COMIENZA.

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