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Confesión de mamá N°15: exijo mi derecho a pataleo

Lo sé, soy la adulta de la situación y debo comportarme como tal, pero créanme que hay días que me quiero agarrar los pelos y hacer una pataleta de aquellas, con gritos, con tirar cosas, con mover los pies como bailando. Es que a veces quiero ser un niño de 2 años por cinco minutos, para hacer catarsis y poder “liberarme”.

Yo no puedo ser malagradecida, mi pepi es buen niño, tiene sus cosas como todos, pero colabora bastante. Cuando quiere. Se duerme solo, hay que quitarle la comida, se entretiene hasta con una pelusa. Pero cuando le dan los cinco minutos, arranquen. Sí, su primera adolescencia lo agarró firme, pero se ha ido “civilizando” con el paso de los meses.

Antes, pensaba que era mito urbano eso de que cuando una se hace madre, paga las culpas de lo que hizo cuando niñ@. Según cuenta mi mamá, yo era más inquieta que el Rena, igual de terca y llevada a mis ideas. Si basta con decir que en el control de los 10 días el pediatra le dijo a mi mamá que su guagua (yo) era bastante despierta y tenía un  control corporal que pocos recién nacidos tienen. En otras palabras, ¡afírmate!

Mi suegra cuenta que el negro también era intenso. Si sumamos genética, no hay nada que yo pueda hacer, además de querer sacarme todos los pelos de mi cabeza bien seguido. Sí debo saber encausarlo, porque lo que se hereda no se hurta, y como hay niños que son más tímidos, más risueños, más llorones, hay otros que son más tincados, como el mío, que claramente lo heredó de su madre, otra intensa.

Ya con ese antecedente genético de por medio, no queda más que asumir: como madre asumo que mi hijo es un niño feliz, y como tal, es intenso, está en constante movimiento y sí, en reiteradas ocasiones me supera.

A veces me pregunto cómo es posible que tenga tanta energía, que esté siempre “arriba de la pelota”, que no camine y que en vez de eso, solo salte y corra. ¿Acaso no se cansa? Ya asumí que no es un niño que se quede acostado viendo tele los fines de semana, porque a las siete de la mañana ya está saltando porque se cree conejo.

Y así es como pienso ¿qué hice para merecer esto? Y automáticamente se me viene a la cabeza lo que me dijo alguna vez mi mamá: tú te movías más. Así que cueste o no, debo asumirlo, aunque no tenga las fuerzas para saltar con él. Y anda a decirle que no a este pepito, porque le aflora todo lo Crovetto que lleva dentro.

Entonces, ¿por qué yo no puedo tener mi derecho a pataleo? Considero que es justo y necesario, porque es verdad, la maternidad no es como en los comerciales. Sí, es linda, todo lo que ustedes quieran. No cambiaría a mi hijo por nada del mundo, repetiría mi embarazo aunque haya sido molesto a veces, volvería a sufrir de la pubalgia que me tuvo casi dos meses en cama. Todo porque ser mamá es maravilloso. Pero es MARAVILLOSAMENTE AGOTADOR, así, en mayúscula.

Es una montaña rusa de muchos altibajos, de emociones, de llantos, de cansancio. Y es necesario reconocerlo, no porque una como madre esté agotada de su rol, sino porque simplemente es así: cansa, agota, repercute en otros ámbitos. Y la gente debe saber cómo es una mamá recién parida, una mamá cansada y angustiada. Ella no necesita consejos de cómo dar papa, ni de portear, ni cómo te resultó a ti todo de maravilla.

Necesita una palabra de aliento y no críticas; un hombro para llorar, no consejos de maternidad feliz; un minuto para liberar la tensión acumulada, no sentirse culpable; su derecho a pataleo, no escuchar que todo es maravillo cuando su hijo llora todo el día, se le cae el pelo, se pisa las ojeras y no se siente atractiva.

Si tú ya pasaste por esto y sabes lo que se siente, no tienes otra misión más en este momento que ayudar a las que han sido madres en tu círculo cercano, ofreciendo un momento de tu tiempo, dándole espacio, cuidando al bebé y decirle simplemente “calma, estoy aquí contigo para ayudarte, y lo estás haciendo excelente”, al tiempo que ella llora, porque necesita hacerlo.

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