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Se hace camino al andar

 

Conversamos con nuestra amiga Macarena Gil Itier, radicada en Miami. Con ella damos inicio a esta sección llamada “mamás fuera de casa”, en la cual pretendemos dar a conocer cómo se vive la maternidad en un lugar distinto a la patria, donde las redes de apoyo muchas veces no existen.

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“Cuando uno decide embarcarse en esto de tener hijos y ser mamá, la verdad es que uno no tiene ni la más mínima idea de lo que se viene. Uno cree que sabe, que entiende, que puede y que quiere. Pero no. Y si alguna vez una mujer dice que sabía en lo que se estaba metiendo antes de ser mamá y que sabía cómo iba a ser, yo no le creo nada porque ningún libro ni consejo ni experiencia de la amiga va a ser igual a la propia. Nada te puede preparar para lo que se viene.

Lo mismo se aplica a vivir en el extranjero. Uno no tiene idea de nada y se aprende en el camino. Soy mamá hace casi 16 años y llevo un poquito más de un año viviendo en Estados Unidos. Por lo tanto, llevo casi la mitad de mi vida (tengo 34 no más, no se imaginen a una anciana) improvisando en la maternidad y ahora también en el día a día con lo cotidiano. Y aclaro ahora mismo que así me parece que es como más disfruto la vida, siguiendo instintos e improvisando con lo que tengo a mano, sintiendo muchas veces miedo y con mil dudas, pero sin dejar que me paralicen.

Fui mamá a los 18 años por opción propia, no por un error ni una mala decisión, y hoy en día tengo 3 hijas: una de 15, otra de 4 y otra de 2 años. Tres mujeres, todas muy diferentes y cada una intensa a su manera. Llevo 2 años casada con el papá de las dos más chicas y hace poco más de un año nos vinimos a vivir a Miami por su trabajo y porque queríamos vivir fuera de Chile. Estados Unidos no era nuestra primera opción, pero tampoco teníamos otra a mano y nos pareció un destino amable. Es Miami después de todo. No vivimos en Miami Beach ni de guata al sol como muchos piensan ni tampoco tenemos vista al mar, pero de todas formas es Miami y tiene ese clima rico, esa diversidad cultural y esos lugares para conocer que hace que tantos paguen por venir aunque sea unos días.

Así es que aquí estoy desde septiembre del 2015, con mis tres hijas, mis dos perros (uno adoptado acá) y mi marido. No tenemos familia ni amigos en este lugar que nos den una mano, pero nos las arreglamos. Él trabaja en horario de oficina flexible y yo soy traductora independiente, así es que trabajo a full en las noches cuando las más chicas duermen y puedo al fin sentarme sin ese resorte en el poto que se activa con cada “¡Mamá!”. Vengo de Santiago donde la rutina laboral era más o menos parecida, pero donde teníamos a nuestras familias y amigos que eran un tremendo apoyo y ayuda, por último, para juntarse el fin de semana a hacer un asado y quejarse sobre la semana de mierda que habías tenido.

Este año ha sido como el primer año con mi primera hija: haciendo camino al andar. Leí todo lo que encontré sobre Miami (nunca había venido), nos dieron un par de charlas, nos ayudaron con la mudanza, pregunté todo lo que se me ocurrió, leí blogs sobre expatriados, busqué información sobre el sistema educacional, sobre el sistema de seguros médicos, sobre el clima, sobre política, sobre los huracanes, sobre mamás latinas en Florida, sobre los cocodrilos, sobre la comida, sobre los supermercados, sobre la mezcla de idiomas, sobre la salud, sobre las vacunas, sobre los patos, sobre las ardillas, sobre Orlando, sobre las farmacias, sobre los hospitales, sobre la cultura, sobre la ropa, sobre el tránsito y sobre la calidad de vida, pero naaaaada se parece a estar aquí.

Ser mamá es como estar en una montaña rusa de vivencias y emociones. Ser mamá de tres en el extranjero es como estar en esa misma montaña rusa, pero sin cinturón mientras tratas de sonreír para la foto. Es difícil, es entretenido, es intenso y es de locos. Es la vida que elegí y no me arrepiento un segundo, aunque me pase el 90% del tiempo pensando ‘¿y ahora qué hago?’

“.

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