foto extraída de www.republica.com

Trastornos infantiles y adolescentes

Nuevamente nuestra amiga Ros Rodríguez nos colabora con su columna de psicología. Es el turno de hablar de los trastornos infantiles y adolescentes.

¿Mi hijo está loco?

He escuchado varias veces esa frase, y también la que indica que “antes los niños no tenían déficit atencional, eran desordenados no más, y nada de psicólogo y psicopedagogo, un par de coscachos y punto, así aprendimos nosotros”. Y bueno, en mi humilde función de profesional de la salud, me parece que es más o menos así, y más o menos no.

Los niños siempre han tenido dificultades en algún punto. Todos, incluso niños y adultos. La diferencia es que hoy en día el mundo de la salud mental ha investigado y ordenado un poco más las cosas, y por eso tenemos tantos trastornos asomados a la ventana. No es que antes no estuvieran, sino que estaban sin nombre, o con nombres “corrientes” como “niño porfiado” y que hoy es un niño con “trastornos de adaptación”, o como “niño inquieto”, que hoy es un niño con “trastorno de déficit atencional con hiperactividad”.

¿Qué es lo bueno de esto? Que así se ordena el naipe y es más fácil tratarlo. ¿Lo malo? Que se usa para etiquetarlo todo. Además en las sala cunas, jardines y colegios, pareciera que mientras más derivan al psicólogo, psicopedagogo y pediatra, más preocupados son del niño. Y ¿Qué pasa con esto? Que los padres se asustan, se frustran, se acongojan. Los niños se estigmatizan y se les carga una mochila desde tan chiquititos, por cosas que en su mayoría son tremendamente innecesarias.

Me llegan con frecuencia niños para diagnosticar, porque en su centro educacional lo mandaron para diagnosticar o para descartar que se autista, esquizofrénico, tenga déficit atencional, entre otros. Y ¿Saben? En más de un 95% los he mandado para la casa sin ninguna etiqueta más que “está aprendiendo, quédense tranquilos”, más un par de tips para ordenar ciertas cosas, armar rutinas, enseñar, etc. No se imaginan la diferencia que veo en los rostros de los padres. Siempre la segunda llamada la hacen llorando. La primera no, porque están recién poniéndose en contacto conmigo, pero cuando les digo “pida un informe en el jardín/colegio y me llama para coordinar la hora” típico se viene el llanto “estoy tan angustiada, no quiero que mi hijo sufra”, “lo tratan distinto porque dicen que está enfermo”, “ayúdame porque no sé qué hacer”, y un sinfín de ideas de acabo de mundo que son sugestionadas por terceros, que ven al niño todo el día y no saben qué hacer con ellos. Lo siento, conozco educadoras fantásticas, pero está siendo tendencia que cuando en el jardín hay un niño que “cuesta un poco más manejar”, les pasen la responsabilidad a los padres y lo deriven a un especialista.

Sí, tal vez es bueno, es responsable, pero no es la forma, a los niños no se les etiqueta, y a los padres tampoco. El 99% de los padres hacemos todo el esfuerzo, y con todo el amor, para que nuestros hijos sean mejores que nosotros y sean felices. Si le dices a un papá que su hijo tiene muy probablemente un trastorno mental, lo mandas al infierno en dos segundos.

Ahora les quiero mostrar los números reales, para que vean como es la tendencia en realidad, cómo va la cosa en la consulta y cuáles son los trastornos más frecuentes por edad.

Los que “la llevan” son los trastornos de conducta, que bordean el 30% de las consultas. Esta es la primera causa “real” diagnosticada para los niños que llegan a consulta, y por lo general se deben a trastornos de adaptación, de alteraciones emocionales como dificultades en el control de impulsos o trastornos de socialización. O sea, si a su hijo le cuesta compartir, llora al cambiarse de colegio o le dan rabietas, créame que es un niño normal. Ojo que eso no quiere decir que lo deje que rompa y tire las cosas de la casa, sino que debe enseñarle, con paciencia y amor, como a cualquier niño normal. Si la cosa no cambia o empeora, vaya a ver a un especialista, pero a priori, no se preocupe.

El segundo y tercer lugar lo están pelando los trastornos depresivos y los de ansiedad, que representan más o menos un 15% cada uno.

Cuando hablamos de  trastornos depresivos hablamos de niños tristes, que mantienen esta desolación y desgano. A diferencia de los trastornos de conducta, estos se dan más frecuentemente por hechos que remueven la vida del niño, generalmente por separaciones, ya sea que los padres se separen, que uno de los padres viaje mucho, que haya fallecido un cercano, entre otros. Estos casos si es más frecuente que se deban “tratar” porque se necesita reparar y hacer el duelo respectivo para no motivar a que el trastorno persista y se haga crónico.

Mientras que en los trastornos ansiosos hablamos de miedos y de hipocondría principalmente. Aquí también invito a los papás a reforzar ciertas conductas y funcionar de determinadas formas para contribuir a una mayor seguridad y tranquilidad en los niños. Si deben someterse a terapia, eso dependerá de cuán intensa sea la ansiedad que experimente el niño y cuánto afecta su vida diaria.

¿El 40% restante?  Lo llenan los trastornos específicos del desarrollo, de eliminación (eneuresis, encopresis), del sueño y de actividad y atención. Si, aunque no lo crean, no son tantos los niños que consultan por déficit atencional como se cree, al menos no en consultas psicológicas.

Críe con paciencia, críe con amor, y no se angustie por todo lo que escuche, en la mayor parte de los casos la gente habla sin fundamento.

 

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  1. Octubre 3, 2017

    Excelente artículo! Las felicito 😊

  2. Ninoska
    Octubre 4, 2017

    Excelente artículo, da mucho gusto leer cosas que ayudan tanto en la crianza de los hijos, gracias Ros!

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